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Madre de Jesús, que es Dios


Si no entendemos que María es la madre de Dios, entonces es muy fácil caer en el tipo de herejía de Nestorio: de que Jesús era simplemente un hombre que Dios usó, o que era una humanidad que Dios asumió lo que María dio a luz.

San Josemaría nos recordaba que la Maternidad divina de María es la raíz de todas las perfecciones y privilegios que la adornan. Por ese título, fue concebida inmaculada y está llena de gracia, es siempre virgen, subió en cuerpo y alma a los cielos, ha sido coronada como Reina de la creación entera, por encima de los ángeles y de los santos. Más que Ella, solamente Dios.

La Santísima Virgen, por ser Madre de Dios, posee una dignidad en cierto modo infinita, del bien infinito que es Dios. No hay peligro de exagerar. Nunca profundizaremos bastante en este misterio inefable; nunca podremos agradecer suficientemente a Nuestra Madre esta familiaridad que nos ha dado con la Trinidad Beatísima.

Es importante considerar que el mismo Verbo Divino que estaba en el seno del Padre fuera del tiempo, estuvo luego en el útero y en los brazos de su madre, en el tiempo. El mismo que caminó al que en Belén adoraron los ángeles en la primera Navidad. El mismo que se sentaba a la mesa con los publicanos y al que los querubines le seguían y reverenciaban. Exactamente el mismo que cuando Pilatos lo condenaba la creación entera se estremecía.

Ese Jesús es Dios y es hijo de María

Los cristianos hemos visto siempre a nuestra Madre la Virgen como alguien muy especial, Como nos cuenta esta meditación para progresar en amor a la Madre de Dios, los escritos de san Bernardo se convierten en una fuente indispensable. Él fue quien compuso aquellas últimas palabras de la Salve: “Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María”. Y repetía la bella oración que dice: “Acuérdate oh Madre Santa, que jamás se oyó decir, que alguno a Ti haya acudido, sin tu auxilio recibir”.

 

P. Juan Carlos Vásconez.

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